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La misofonía se vincula con trastornos de ansiedad y depresión según expertos

Investigaciones recientes revelan que la intolerancia extrema a sonidos cotidianos tiene bases genéticas y neurológicas vinculadas al estrés postraumático. El 65 por ciento de los afectados presenta cuadros de depresión o ansiedad.

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Un estudio reciente vincula la misofonía, un trastorno caracterizado por reacciones intensas a sonidos cotidianos como masticar o respirar, con cuadros de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático (TEPT). La investigación, liderada por especialistas de universidades en Europa, señala que esta condición no es una simple irritación, sino una respuesta neurológica a estímulos percibidos como amenazas reales por el sistema nervioso.

Jane Gregory, psicóloga de la Universidad de Oxford, explicó que la misofonía trasciende la molestia convencional. Según Gregory, quienes padecen este trastorno experimentan estímulos auditivos comunes como peligros inminentes, lo que activa respuestas emocionales de ira, ansiedad o una necesidad inmediata de huida. Esta reacción fisiológica sugiere que el origen del problema reside en la estructura del procesamiento cerebral y no en una mera falta de tolerancia social.

Vínculos genéticos y psiquiátricos

El equipo dirigido por el psiquiatra Dirk Smit, de la Universidad de Ámsterdam, detectó vínculos genéticos específicos entre la misofonía y otras patologías psiquiátricas. Un estudio publicado este año indica que el 65 por ciento de las personas con este diagnóstico presenta al menos otra condición de salud mental. Smit señaló que existe una superposición con la genética del TEPT, lo que incrementa la probabilidad de desarrollar sensibilidad extrema a los sonidos en individuos predispuestos.

"Los genes que aumentan la sensibilidad al TEPT también incrementan la probabilidad de misofonía", afirmó Smit al detallar los hallazgos. Esta relación sugiere que el cerebro de los afectados procesa el entorno sonoro bajo un estado de hipervigilancia constante, similar al que experimentan las personas que han sobrevivido a eventos traumáticos.

El funcionamiento del cerebro misofónico

La actividad cerebral en pacientes con misofonía muestra una activación particular en la corteza insular anterior. Esta zona es la encargada de procesar las amenazas en el entorno y coordinar las respuestas emocionales. Cuando un sonido desencadenante —como el clic de un bolígrafo o el roce de una tela— aparece, el cerebro genera una reacción automática de defensa. A diferencia de la población general, los afectados no logran desviar su atención del ruido, quedando atrapados en un ciclo de pensamientos negativos y malestar físico.

Los investigadores asocian esta dificultad para cambiar el foco mental con una baja flexibilidad afectiva. Esta característica intensifica el malestar, ya que el individuo se siente incapaz de ignorar el estímulo, lo que refuerza la sensación de pérdida de control. Aunque durante años la comunidad médica relacionó la misofonía con el autismo, los datos actuales sugieren que son condiciones distintas con perfiles de personalidad diferenciados, más cercanos a los trastornos de ansiedad.

El reconocimiento de la misofonía como un trastorno con bases biológicas busca mejorar los protocolos de diagnóstico y tratamiento. Los expertos coinciden en que entender la relación entre la genética y la gestión emocional es fundamental para desarrollar terapias que ayuden a los pacientes a mitigar las respuestas automáticas de su sistema nervioso. La falta de conocimiento general sobre el tema provoca que muchos pacientes sufran en silencio sin identificar la causa de su malestar, lo que suele agravar los síntomas de aislamiento social.