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Política

El avance del nuevo autoritarismo pone en riesgo la democracia pluralista

El ascenso de paradigmas políticos que priorizan objetivos estatales sobre los derechos individuales amenaza la estabilidad institucional en nuestro país y la región. El uso de la inteligencia artificial y la polarización social surgen como herramientas clave para consolidar regímenes autocráticos.

Publicado

Ricardo Arce
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Puntos clave de la noticia:

El avance de nuevos paradigmas políticos liderados por figuras como Vladímir Putin y Donald Trump pone en entredicho la legislación internacional y las reglas democráticas que han regido las relaciones globales en las últimas décadas. Según el análisis del filósofo y cientista político boliviano H. C. F. Mansilla, nos enfrentamos a una transición donde el ser humano deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio destinado a cumplir objetivos estatales o económicos que ignoran los límites éticos tradicionales.

En este escenario, el debilitamiento de la independencia judicial y la pérdida de calidad en el debate intelectual no son fenómenos aislados, sino parte de una estrategia deliberada. En nuestro país y en el resto de la región, estas tendencias encuentran eco en lo que Mansilla denomina la "Gran Doctrina", una amalgama de prejuicios, nacionalismo y versiones simplificadas de ideologías que facilitan la identificación de las masas con liderazgos autoritarios. Esta estructura permite que gobiernos de distinta orientación utilicen los mecanismos de la democracia pluralista para socavarla desde adentro.

La tecnología como herramienta de control

A diferencia de los totalitarismos del siglo XX, el autoritarismo contemporáneo se apoya en los progresos técnicos para consolidar su poder. La tecnología más avanzada, lejos de ser un motor de liberación, está siendo utilizada para efectos antidemocráticos. La inteligencia artificial se presenta como un modelo de evolución histórica que no conoce miramientos éticos, donde las personas y los territorios son reducidos a números dentro de programas diseñados para ganar a cualquier costo.

Esta evolución tecnológica se complementa con lo que Hannah Arendt describió como la alianza entre las élites y los sectores sociales con menores niveles de instrucción. En este pacto, tanto los grupos de poder como sus bases electorales evitan el cuestionamiento propio y fomentan una polarización que anula el pensamiento crítico. En naciones como Rusia, China e Irán, esta dinámica ha permitido que el "espíritu de ortodoxia" satisfaga una demanda anímica de certidumbre, desplazando la complejidad del análisis político por consignas binarias de amigo o enemigo.

El espejismo del modelo chino en América Latina

Para muchos sectores en América Latina, el modelo de desarrollo de la República Popular China surge como una alternativa atractiva frente a la modernidad occidental. Sin embargo, este paradigma combina la propiedad privada y el comercio exterior con una estructura de partido único y un férreo control estatal. Según Mansilla, esta opción conlleva la renuncia a la transparencia liberal y a los derechos humanos, los cuales son presentados por la propaganda autocrática como meros instrumentos de presión externa.

En nuestra región, se suele pasar por alto que este modelo es una autocracia convencional que utiliza innovaciones tecnológicas para la hipervigilancia y la manipulación de la conciencia colectiva. La falta de una tradición crítica en nuestras sociedades, como señaló en su momento Octavio Paz, facilita que estos regímenes sean vistos como identidades sólidas y originales, ignorando los métodos refinados de control social que impiden a los ciudadanos formar juicios morales autónomos.

Consecuencias globales y el desafío ambiental

El ascenso de estos regímenes ocurre en un momento crítico para el planeta. La era del Antropoceno ha modificado la Tierra de forma irreversible, provocando el cambio climático y el agotamiento de recursos naturales. No obstante, los gobiernos autoritarios tienden a descuidar sistemáticamente la reflexión sobre la crisis ecológica, enfocándose en la expansión de su poder y el uso de postverdades para legitimar su gestión.

Ante la incertidumbre del futuro, la respuesta institucional debe pasar por reavivar el legado socrático de la búsqueda incansable de la verdad y el escepticismo frente a las certezas absolutas. La supervivencia de la democracia en nuestro país dependerá de la capacidad de la sociedad para mantener una distancia crítica frente a los experimentos populistas y recuperar un sentido común que resista la simplificación del debate público.